Ese mundo que se va: paradojas de la globalización

plantacion_soja Existe un Brasil que se aleja de los estereotipos y del marketing turístico. En las regiones interiores de Brasil (Goiás, Minas Gerais, Mato Grosso, Tocantins, etc.), la globalización de la economía, la mala planificación y las cortoplacistas políticas de un desarrollismo mal entendido desgraciadamente han acabado casi por completo con la vegetación y la fauna autóctonas que conformaban el maravilloso y singular ecosistema de sabana denominado “Cerrado. Este ha sido sustituido por “mares” de monocultivos de soja y maíz transgénicos que, además del desastre medioambiental que conllevan, suponen la liquidación definitiva de la agricultura tradicional y de buena parte del acervo cultural.

A su vez, dentro de este Brasil geográfico de infinitas llanuras, tierra roja y clima extremo, existe un Brasil cultural y humano de gentes con espíritu pionero y melodías de violas caipiras, guitarras y acordeones que, habiendo sido quizá la esencia de la nación, ya solo queda en la memoria de personas que rondan los ochenta años. Son hombres y mujeres que, lejos ya de la Hacienda, la chácara (granja) o la roza, siguen ciertas costumbres reseñables:

  • mantienen los horarios tradicionales de las comidas;
  • adornan sus viviendas con cuadros de bueyes, caballos, carretas y casas de campo rodeadas de árboles;
  • agasajan a sus invitados con café de puchero, pan de queso, dulce de pan, broa, bizcochos de mandioca, tarta de maíz, requesón, queso de Minas y otras delicias;
  • matan la nostalgia de su vida en el campo cultivando algunas plantas en terrazas o jardines.

Se trata de personas que aún se emocionan escuchando canciones que hablan de verdes campiñas, de lagos azules y de la frontera de un idealizado Paraguay.

ipe_amareloEs una lástima que en este mundo globalizado en el que nos ha tocado vivir, en el que los medios de comunicación imponen la uniformidad en los modelos culturales y las nuevas generaciones no se interesan por el legado de sus predecesores, se produzcan estas irreparables fallas en la tradición. Ojalá haya jóvenes que lleguen a sentir como parte de su identidad los valores y el folclore propios de sus abuelos y de los territorios que estos habitaron para que este patrimonio se pueda conservar y transmitir. De lo contrario, en una o dos generaciones, se perderán para siempre unas ricas referencias culturales y humanas.

Continúo mi viaje por la región contemplando una hermosa puesta de sol mientras observo enormes cosechadoras recolectando interminables campos de maíz y tractores de no menos de trescientos caballos de vapor labrando otros que ya están recolectados (las cosechadoras, los tractores, las simientes –y supongo que también los agroquímicos– son fabricados por empresas de los Estados Unidos de América. Probablemente los precios de esta cosecha fueron decididos hace dos o tres años por unas pocas grandes corporaciones cuyas sedes suelen estar ubicadas muy lejos de Brasil y que especulan en los mercados de futuros y de materias primas). La radio del coche emite música country mientras me lamento de no haber podido degustar la pamonha debido a que las pamonharias de la localidad en la que paré a repostar sufren “desabastecimiento de maíz”. Paradojas de la globalización.

Creo que definitivamente empiezo a añorar los tiempos en los que el peso de un buey se calculaba “a ojo y en arrobas”, las distancias se medían en “días a caballo”, las cosechas en “sacas”, las fincas en alqueires y la pinga o cachaça se tomaba sin mezclar… (by J.L.G.)

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