El etanol como biocombustible: cuando Brasil renunció a la oportunidad de liderar la industria del automóvil ecológico

carros antigos volkswagen

Durante una parte del último cuarto del siglo XX, Brasil era mundialmente conocido y admirado por el futbol de su selección nacional, por la bossa nova y por la generalización del uso del etanol como combustible para los automóviles. Algunas décadas después, Brasil se ha “globalizado” y su selección de futbol parece haber adoptado el estilo de juego ultra-defensivo propio de la italiana; la bossa nova sólo va quedando en el recuerdo de nostálgicos con buen gusto musical; el sueño de un país movido por etanol se ha “diluido” en la gasolina de los motores “Flex” y los automóviles 100% alcohol van camino de convertirse en piezas de museo.

En un contexto mundial de uso generalizado de los derivados del petróleo como combustibles de automoción, el hecho de que Brasil fuera pionero en una tecnología tan audaz, le suponía:

  • Disponer de una ventaja competitiva sin parangón en el mercado internacional de automóviles (sobre todo pensando en las exportaciones potenciales de este tipo de automóviles, tecnología y combustible a países en desarrollo y sin petróleo).
  • Evitar los problemas derivados de la dependencia energética del exterior y de las fluctuaciones de los volubles precios del petróleo.
  • Garantizar la generación de empleo estable con el desarrollo de un sector agrario y, sobre todo, industrial vinculado al etanol y a su tecnología.
  • Evitar los altos niveles de contaminación de las ciudades que generan los vehículos de gasolina o diésel.
  • Poder aplicar una estrategia racional en la explotación de los yacimientos petrolíferos nacionales, dedicando una mayor proporción de la producción de crudo a la exportación y optimizando los ingresos mediante su regulación en función de los precios internacionales del petróleo.
  • Poder dedicar las divisas procedentes de la exportación del petróleo a la construcción y mantenimiento de infraestructuras (carreteras, ferrocarriles, puertos, aeropuertos, sistemas de captación y distribución de agua…)  y al fomento de políticas de desarrollo social y económico (educación, investigación, sanidad pública, asistencia social, industria, agricultura, medioambiente…).

Pero desgraciadamente los gobiernos que se han sucedido en Brasil en las últimas décadas han desarrollado (por acción u omisión) políticas tendentes a fomentar el uso de vehículos de gasolina. Estas políticas casualmente (¿será sólo casualidad…?) coinciden con los intereses de las grandes empresas multinacionales que se dedican a producir automóviles o carburantes derivados del petróleo.

Para la industria automovilística siempre resulta más rentable vender automóviles de gasolina fabricados con la tecnología estándar utilizada para el resto del mundo y, para las grandes petroleras, Brasil es un mercado muy importante. Pero si el gobierno brasileño hubiera optado por fomentar el uso de automóviles de etanol (E100), dada la importancia cuantitativa del mercado automovilístico brasileño, la industria tendría que haberse adaptado y, con la pertinente investigación, se hubiera seguido desarrollando la tecnología de este biocombustible que, sin duda, habría conseguido rendimientos óptimos en lo relativo al consumo y prestaciones (si los motores de los vehículos de gasolina o diésel son hoy en día más eficientes que en 1970 se debe al desarrollo conseguido a partir de una continua investigación para mejorar su tecnología).

En el sector de la automoción, los gobiernos pueden influir con legislación específica que regule la fabricación y homologación de cada tipología de vehículo. Pero como siempre influyen es con la fiscalidad. Si un gobierno tiene como plan estratégico dar prioridad a un tipo de vehículo o de carburante, sólo tiene que aplicar bonificaciones y penalizaciones fiscales suficientemente persuasivas sobre el precio de venta de cada tipo de vehículo y sobre el precio de cada tipo de carburante.

plantaçao de cana

Pero en Brasil se optó por la gasolina con un precio convenientemente subvencionado que garantizara la generalización de su consumo (incluso en el caso de los automóviles “Flex” que, en la práctica, utilizan mayoritariamente gasolina). Quizá los políticos cedieran a las demandas e intereses de las multinacionales extranjeras (lo más probable). Quizá pretendieran que se aumentara la demanda interna de petróleo para beneficiar a Petrobras (después de visto lo visto, más que un acto patriótico podría tratarse de una estrategia para aumentar algunos patrimonios particulares…). Quizá se tratara de fomentar el cultivo de soja en detrimento del de caña de azúcar (tampoco hay que subestimar la capacidad de influencia política de las multinacionales productoras de semillas y agroquímicos). O quizá no supieran ver el potencial económico e industrial que suponía para Brasil el ser pionero y referencia mundial en una tecnología novedosa en un contexto de subidas del precio del petróleo, países en desarrollo con una alta demanda de automóviles y una fuerte conciencia medioambiental en los países desarrollados (esto sería lo más grave, pues con su incompetencia habrían perjudicado gravemente a su país). Tampoco hay que descartar que todo influyera en mayor o menor medida.

En el contexto actual, con la inmensa mayoría de automóviles de gasolina o “Flex” y una crisis económica que disminuye los ingresos fiscales, es de suponer que el gobierno brasileño, como ya lo han hecho otros muchos, reduzca la subvención de la gasolina aumentando los impuestos sobre este carburante con la consiguiente subida de su precio. Ello probablemente a medio plazo, como ya ha ocurrido en Europa, será la excusa perfecta para que la industria automovilística comience a fomentar la compra de automóviles diésel con el aliciente de que consumen menos combustible que los de gasolina (aunque son más caros y contaminan más –la generalización del uso de automóviles diésel ya ha generado serios problemas de salud pública en las grandes ciudades europeas–). En ese hipotético escenario, y una vez creada la necesidad, lo lógico sería que la población optara por comprar automóviles diésel y cuando su número superara a los de gasolina, sería difícil evitar que el gobierno de turno cayera en la tentación de subir los impuestos del carburante diésel.

Una lástima. Pero no debemos perder la esperanza de que algún día Brasil pueda volver a arrebatar a Alemania el jogo bonito de su selección de futbol y la capacidad de innovación tecnológica en la industria automovilística. De momento habrá que conformarse con volver a escuchar las excelsas melodías de Tom Jobim mientras soñamos con un futuro en el que, por fin, gobiernen el país políticos honrados, con mente preclara, altura de miras y sentido del deber y del servicio público. Aunque mucho me temo que, salvo que el sucesor de Dunga resuelva lo de la selección de futbol, el resto es una quimera, pues como escribía el autor de teatro barroco español Pedro Calderón de la Barca ya en el siglo XVII: “… y los sueños, sueños son”.

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