Sobre los humanos, los animales, la ética y la moral

sufre-luego-importaAyer, en un documental de National Geographic, comentaban que para cada persona que muere víctima de un ataque de tiburón, dos millones de tiburones mueren a causa de los diferentes tipos de ataques de los seres humanos. Tan perversa proporción –aún más incomprensible si consideramos que los tiburones suelen ser los villanos de las películas– me hizo recordar un libro que leí en verano. Sufre, luego importa. Reflexiones éticas sobre los animales, de Fransciso Lara y Olga Campos, es un compendio de argumentos con base filosófica que nos invita a reflexionar acerca del papel de los seres humanos en el planeta y de nuestra responsabilidad respecto al destino de los demás animales.

Decía Aristóteles que el hombre es un ser social por naturaleza. Socializar es, de hecho, un verbo cuya aplicación solo se contempla, en todas sus acepciones, en el contexto humano. Tal definición excluye del pensamiento aristotélico cualquier mención a los animales. Si socializar implica promover aquellas condiciones que favorezcan el desarrollo de los seres humanos, quedan excluidos los animales de los beneficios que podría propiciar dicho pensamiento.

Lara y Campos, desde las primeras páginas de su obra, exponen la situación actual de los animales en el mundo sin recurrir a eufemismos o a lo políticamente correcto. El primer contacto con el libro se hace duro y amargo, lo que puede entenderse como un proceso de sumersión en la realidad sin neopreno, ni botella de oxígeno. Si el lector es capaz de soportar esa especie de proceso de iniciación, podrá adentrarse en un mundo literalmente inhumano, carente de ética y moral, pero que pide a gritos ser visto y escuchado.

El mundo de los animales, aunque a menudo parezca demasiado obvio, es también el mundo de los humanos. Sin embargo, no puede haber dos mundos más dispares en cuanto a derechos y deberes. Los animales están a merced de los seres humanos, ya que solo estos poseen estatus moral. Según los autores, la moral judeocristiana no es la causante de la visión antropocéntrica del mundo, sino una mera repetición de los pensamientos filosóficos (y teológicos, diría yo) dominantes a lo largo de la historia. El propio Aristóteles, en Política, ya daba por hecho que la naturaleza posee un esquema jerárquico basado en la razón: tenerla o no tenerla es lo que determina el puesto que cada cual debe ocupar en la naturaleza.

En el siglo XVIII, Kant trató de alejarse de la moral cristiana con el fin de buscar una fundamentación de la ética y la moral más allá de la existencia o no de Dios. Habrá tenido mayor o menor éxito en su empresa, pero, en cualquier caso, lo hizo impregnado hasta el tuétano del pensamiento antropocéntrico dominante, concluyendo que “el hombre sigue siendo el centro porque solo los individuos que son capaces de ser morales –esto es, los seres racionales que pueden actuar por deber, independientemente de cualquier consideración de beneficio propio–, son intrínsecamente valiosos” (Lara y Campos, 2015: 27).

La comunidad moral solo la comparten, por tanto, los seres humanos. Los animales, como no son seres poseedores de razón (desde el punto de vista del propio ser humano), deben servir a los seres considerados superiores. La discriminación con base en la especie –tan arbitraria como la discriminación por raza, etnia, sexo, género, edad o nacionalidad–, actuando siempre de manera parcial respecto a nuestra propia especie, es lo que Singer denomina especismo. De ello se entiende que el antropocentrismo evoluciona hacia el especismo pese a la ausencia de una lógica interna en los argumentos que respaldan dicho pensamiento.

Los autores de la obra que nos ocupa cuestionan los criterios que justifican la posesión de estatus moral. ¿Quién tiene derecho a pertenecer a la comunidad moral? Por lo que hemos podido ver, tan solo los seres humanos, por el mero hecho de serlo, pueden cruzar este umbral porque poseen la etiqueta biológica de la razón. ¿Qué pasa, entonces, con aquellos seres humanos que, por distintos motivos, se encuentran, temporal o definitivamente, desprovistos de razón? ¿Habría que tratarlos tal y como son tratados los animales? Con este ejemplo del llamado argumento de los casos marginales, Lara y Campos ponen en evidencia un problema de lógica argumentativa que cuestiona la validez de los argumentos empleados tanto por el antropocentrismo como por el especismo a la hora de justificar la superioridad humana.

Para huir de dicha problemática discursiva, que afecta de lleno a la ética y a la moral vigentes, los autores proponen entender la moral como una preocupación por todo ser vivo que sufre, independientemente de que esté dotado o no de razón. Y volvemos al título: sufre, luego importa. La ética y la moral deberían fundamentarse en la máxima de evitar el sufrimiento. Ni siquiera hace falta recurrir a los numerosos estudios científicos que comprueban que los animales sufren –en contra de lo que sostenía Descartes–. Basta con observarlos o convivir con ellos para detectar su expresividad, su lenguaje, sus sentimientos y, por supuesto, su capacidad de sentir dolor.

La filosofía analítica, basada en un enfoque lingüístico, padece del mismo mal que padecía Kant al ser incapaz de huir del antropocentrismo o del especismo. No todo es lingüísticamente expresable (o expresado), lo que no significa que uno no sea consciente de lo que desea expresar. Lara y Campos, afianzándose en el cognitivismo, consideran que la consciencia es la capacidad de creer y desear. Un gato que desea atrapar a un pájaro en una rama de un árbol cree que podrá hacerlo tras una rápida y furtiva escalada. Así las cosas, podría considerarse legítima la atribución de creencias y deseos a los animales, lo que implica atribuirles consciencia: “negar la conciencia animal es incompatible con el hecho, suficientemente probado, de que los animales aprenden” (Lara y Campos, 2015: 45). Los autores abogan por el reconocimiento inmediato del derecho a no sufrir a todos los seres sintientes, lo que parece lógico, sensato, ético y moral.

Los últimos capítulos están dedicados a la experimentación con animales, práctica que puede ser sustituida por otros métodos que no contemplan el sufrimiento de un ser vivo, y las corridas de toros, cuya supuesta base cultural queda rápidamente disuelta en su propia incoherencia.

El libro es sin duda recomendable. Se trata de una obra de gran valor en los tiempos que corren. Nos urge comprender el papel de cada ser vivo en este planeta para que no parezca que el mundo ha quedado demasiado pequeño para los animales y los seres humanos.

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