Él no te abandonaría

Con la llegada del verano, las cifras de abandono de mascotas aumentan de manera significativa, por lo que conviene recordar un año más que los animales no son cosas. En esta incansable labor de concienciación, encontramos iniciativas entrañables como la conmovedora película de la Fondation 30 Millions d’Amis, dirigida por Xavier Giannoli. El corto se basa en la historia de la relación excepcional entre el amo y su perro.

Quand un chien abandonne son maître ce n’est pas pour partir en vacances.
Cuando un perro abandona a su amo no es para irse de vacaciones.

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niña con gato

La humanización a través de la empatía hacia los seres vivos

El pasado sábado, 23 de junio, el filósofo Toño Fraguas habló de la relación entre la empatía y la humanidad en la sección ‘Filosofía en Pantuflas’, del programa No es un día cualquiera, de Radio Nacional de España (RNE). La empatía es, según Fraguas, el sentimiento que consigue que los seres humanos nos entendamos, por encima del lenguaje, y nos pongamos en la piel de los demás. Dicho de otro modo, se trata de la capacidad de compartir emociones.

En esa ocasión, el filósofo invitó a los oyentes a reflexionar acerca de hacia quiénes somos capaces de sentir empatía. En su opinión, sentir compasión por otros seres humanos parece fácil, pero el ejercicio de ponerse en la piel de otros seres vivos no siempre resulta sencillo.

La llegada del verano en España viene acompañada de una infinidad de festejos que incluyen prácticas como la tortura o el sacrificio de animales, pero, por suerte, cada vez más gente se opone a estas costumbres. Para Fraguas, este es un rasgo de humanidad. Desde el punto de vista filosófico, se puede decir que una persona es más humana cuanto más solidaria es con los animales. “Todos somos humanos e igualmente respetables, pero no todos somos igual de humanos”, afirmó.

El proceso de humanización tiene lugar a lo largo de la historia y de la vida de cada persona. En esta línea, el antropólogo catalán Eudald Carbonell asevera que todos nacemos homínidos, todos somos Homo sapiens a partir del nacimiento y, luego, nos vamos humanizando (algunos más que otros).

De acuerdo con Toño Fraguas, lo que nos hace humanos, en mayor medida, es la capacidad de empatizar, es decir, la capacidad de ponernos en la piel de los demás, ya sean otros seres humanos u otros seres vivos. “Una persona con gran capacidad empática es un ser humano más avanzado, con más habilidades; en general, es más inteligente y más sabio que una persona con poca capacidad empática”, explicó.

Ser empático con las personas cercanas a nosotros nos humaniza, sí, pero esto es lo fácil. Es fácil que nos caiga bien la gente de nuestro equipo de fútbol, por ejemplo. Pero si somos empáticos con gente que pertenece a un círculo cada vez más amplio –como el vecino, el conciudadano, el compatriota o toda la humanidad–, daremos el salto hacia la empatía y el sentimiento de compasión por todos los seres vivos.

La empatía representa uno de los grados máximos de humanización y, por tanto, de habilidad intelectual y afectiva. Siguiendo esta misma línea argumentativa, las personas que sienten empatía hacia los animales y no hacia los seres humanos están igual de deshumanizadas que aquellas personas que solo sienten empatía hacia los seres humanos y no hacia los animales. En el contexto de los festejos taurinos que resurgen en estas fechas, no se debe sentir empatía solamente hacia el toro y no hacia el torero. “Si al torero le pasa algo, uno tiene que empatizar con él”, advirtió.

Conviene señalar que todos nacemos con la potencialidad de ser empáticos, la cual se desarrolla y se consolida con el proceso de aprendizaje de la empatía. ¿Quién nos ha enseñado a ser empáticos? Fraguas está seguro de que todos nos acordamos de los maestros de empatía que hemos tenido. Para que un ser humano desarrolle su empatía hacia los seres vivos y no solo hacia las personas, tendrá que reconocer su condición de animal. Solo así podremos sentir empatía y compasión por otro animal. La empatía no deja de ser una capacidad para identificar semejanzas entre nosotros y otros seres vivos. En este sentido, hemos de reconocernos en otro animal para ser empáticos con él.

La cultura de la tortura y del asesinato de los animales con fines recreativos representa una conducta inhumana. “Quienes la practican no han alcanzado aún un grado de humanización como para darse cuenta de ello”, aseguró. Para justificar la tortura y el asesinato de los animales no vale afianzarse en la tradición o en la costumbre, como se hace habitualmente, ya que también era costumbre en Europa quemar a los herejes y era tradición batirse en duelo a muerte entre caballeros, como señaló el filósofo. Ni siquiera es necesario argumentar demasiado para echar por tierra justificaciones como esta. Del mismo modo, tampoco debería hacer falta mucha argumentación para acabar con la barbarie hacia los animales. Fraguas, en este aspecto, fue tajante: “hay costumbres que tienen que acabar y no vale apelar a la cultura”.

Llegados a este punto, vamos a ponernos en la piel de los taurinos para intentar comprender qué es lo que sienten. Los toreros suelen decir que si uno vive la lidia desde pequeño y crece con ella de la mano de sus familiares, uno no ve nada malo en las corridas de toros. En realidad, esta argumentación sirve para justificar casi todo: donde hay maltrato hacia las mujeres, las personas están acostumbradas a presenciar la violencia machista desde pequeñas y no verán nada malo en ello; en un ambiente de riqueza y abundancia, un niño que ve que sus padres tratan mal al servicio o a las criadas, pensará que esto es lo normal. Son personas educadas en la ausencia de empatía y con capacidades empáticas limitadas.

Las personas que aman los festejos taurinos han tenido una relación afectiva equivocada hacia sus antepasados, asociando el amor a sus ascendientes al amor a la ausencia de empatía hacia los toros. Fraguas lo denomina retribución afectiva: “si mi abuelo, padre, tío, etc. me aman y, además, aman estas prácticas, entonces yo, por amor a ellos, también debo amarlas”. Por un extraño sentimiento de fidelidad hacia sus familiares, inmersa en la dinámica de la retribución afectiva, una persona no solo no ve nada malo en la tortura y el asesinato del animal, sino que puede llegar a disfrutar con el sufrimiento animal y considerar una traición hacia sus antepasados distanciarse de estas prácticas y humanizarse.

En definitiva, el hecho de que nuestro entorno tolere, admire o incluso premie ciertas prácticas no quiere decir que esas prácticas sean correctas y deban seguir vigentes en la actualidad.

perro; gato

Un paso más en la campaña #AnimalesNoSonCosas

El pasado mes de marzo, como quedó registrado aquí en el blog, mi gato y yo salimos en la página de Facebook de la Fundación Affinity apoyando una amplia campaña en contra de la legislación vigente, que considera que los animales tienen el mismo valor que un objeto cualquiera. Ayer, por fin, recibimos una muy buena noticia: el Congreso de los Diputados aprobó por unanimidad la admisión a trámite de la Proposición de Ley que pretende cambiar el estatus actual de los animales ante la ley. Esperemos que todo salga bien y que nuestros peludos sean reconocidos legalmente como seres vivos y sintientes.

#AnimalesNoSonCosas

Este es el título de la campaña liderada por la Fundación Affinity y el Observatorio Justicia y Defensa Animal para conseguir que los animales en España dejen de tener el estatus de “cosa” ante la ley. Nene (mi gato) y yo estamos muy contentos y orgullosos de participar en esta preciosa iniciativa, con la que no podemos estar más de acuerdo. Si quieres unirte a la causa, visita la página de Facebook de la Fundación Affinity y firma la petición. Se trata de una reforma necesaria y muy beneficiosa para toda la sociedad.

animales no son cosas

Sobre los humanos, los animales, la ética y la moral

sufre-luego-importaAyer, en un documental de National Geographic, comentaban que para cada persona que muere víctima de un ataque de tiburón, dos millones de tiburones mueren a causa de los diferentes tipos de ataques de los seres humanos. Tan perversa proporción –aún más incomprensible si consideramos que los tiburones suelen ser los villanos de las películas– me hizo recordar un libro que leí en verano. Sufre, luego importa. Reflexiones éticas sobre los animales, de Fransciso Lara y Olga Campos, es un compendio de argumentos con base filosófica que nos invita a reflexionar acerca del papel de los seres humanos en el planeta y de nuestra responsabilidad respecto al destino de los demás animales.

Decía Aristóteles que el hombre es un ser social por naturaleza. Socializar es, de hecho, un verbo cuya aplicación solo se contempla, en todas sus acepciones, en el contexto humano. Tal definición excluye del pensamiento aristotélico cualquier mención a los animales. Si socializar implica promover aquellas condiciones que favorezcan el desarrollo de los seres humanos, quedan excluidos los animales de los beneficios que podría propiciar dicho pensamiento.

Lara y Campos, desde las primeras páginas de su obra, exponen la situación actual de los animales en el mundo sin recurrir a eufemismos o a lo políticamente correcto. El primer contacto con el libro se hace duro y amargo, lo que puede entenderse como un proceso de sumersión en la realidad sin neopreno, ni botella de oxígeno. Si el lector es capaz de soportar esa especie de proceso de iniciación, podrá adentrarse en un mundo literalmente inhumano, carente de ética y moral, pero que pide a gritos ser visto y escuchado.

El mundo de los animales, aunque a menudo parezca demasiado obvio, es también el mundo de los humanos. Sin embargo, no puede haber dos mundos más dispares en cuanto a derechos y deberes. Los animales están a merced de los seres humanos, ya que solo estos poseen estatus moral. Según los autores, la moral judeocristiana no es la causante de la visión antropocéntrica del mundo, sino una mera repetición de los pensamientos filosóficos (y teológicos, diría yo) dominantes a lo largo de la historia. El propio Aristóteles, en Política, ya daba por hecho que la naturaleza posee un esquema jerárquico basado en la razón: tenerla o no tenerla es lo que determina el puesto que cada cual debe ocupar en la naturaleza.

En el siglo XVIII, Kant trató de alejarse de la moral cristiana con el fin de buscar una fundamentación de la ética y la moral más allá de la existencia o no de Dios. Habrá tenido mayor o menor éxito en su empresa, pero, en cualquier caso, lo hizo impregnado hasta el tuétano del pensamiento antropocéntrico dominante, concluyendo que “el hombre sigue siendo el centro porque solo los individuos que son capaces de ser morales –esto es, los seres racionales que pueden actuar por deber, independientemente de cualquier consideración de beneficio propio–, son intrínsecamente valiosos” (Lara y Campos, 2015: 27).

La comunidad moral solo la comparten, por tanto, los seres humanos. Los animales, como no son seres poseedores de razón (desde el punto de vista del propio ser humano), deben servir a los seres considerados superiores. La discriminación con base en la especie –tan arbitraria como la discriminación por raza, etnia, sexo, género, edad o nacionalidad–, actuando siempre de manera parcial respecto a nuestra propia especie, es lo que Singer denomina especismo. De ello se entiende que el antropocentrismo evoluciona hacia el especismo pese a la ausencia de una lógica interna en los argumentos que respaldan dicho pensamiento.

Los autores de la obra que nos ocupa cuestionan los criterios que justifican la posesión de estatus moral. ¿Quién tiene derecho a pertenecer a la comunidad moral? Por lo que hemos podido ver, tan solo los seres humanos, por el mero hecho de serlo, pueden cruzar este umbral porque poseen la etiqueta biológica de la razón. ¿Qué pasa, entonces, con aquellos seres humanos que, por distintos motivos, se encuentran, temporal o definitivamente, desprovistos de razón? ¿Habría que tratarlos tal y como son tratados los animales? Con este ejemplo del llamado argumento de los casos marginales, Lara y Campos ponen en evidencia un problema de lógica argumentativa que cuestiona la validez de los argumentos empleados tanto por el antropocentrismo como por el especismo a la hora de justificar la superioridad humana.

Para huir de dicha problemática discursiva, que afecta de lleno a la ética y a la moral vigentes, los autores proponen entender la moral como una preocupación por todo ser vivo que sufre, independientemente de que esté dotado o no de razón. Y volvemos al título: sufre, luego importa. La ética y la moral deberían fundamentarse en la máxima de evitar el sufrimiento. Ni siquiera hace falta recurrir a los numerosos estudios científicos que comprueban que los animales sufren –en contra de lo que sostenía Descartes–. Basta con observarlos o convivir con ellos para detectar su expresividad, su lenguaje, sus sentimientos y, por supuesto, su capacidad de sentir dolor.

La filosofía analítica, basada en un enfoque lingüístico, padece del mismo mal que padecía Kant al ser incapaz de huir del antropocentrismo o del especismo. No todo es lingüísticamente expresable (o expresado), lo que no significa que uno no sea consciente de lo que desea expresar. Lara y Campos, afianzándose en el cognitivismo, consideran que la consciencia es la capacidad de creer y desear. Un gato que desea atrapar a un pájaro en una rama de un árbol cree que podrá hacerlo tras una rápida y furtiva escalada. Así las cosas, podría considerarse legítima la atribución de creencias y deseos a los animales, lo que implica atribuirles consciencia: “negar la conciencia animal es incompatible con el hecho, suficientemente probado, de que los animales aprenden” (Lara y Campos, 2015: 45). Los autores abogan por el reconocimiento inmediato del derecho a no sufrir a todos los seres sintientes, lo que parece lógico, sensato, ético y moral.

Los últimos capítulos están dedicados a la experimentación con animales, práctica que puede ser sustituida por otros métodos que no contemplan el sufrimiento de un ser vivo, y las corridas de toros, cuya supuesta base cultural queda rápidamente disuelta en su propia incoherencia.

El libro es sin duda recomendable. Se trata de una obra de gran valor en los tiempos que corren. Nos urge comprender el papel de cada ser vivo en este planeta para que no parezca que el mundo ha quedado demasiado pequeño para los animales y los seres humanos.

Los perros ya pueden subirse al Metro de Madrid

dogs on the subway

A partir de hoy, 6 de julio, los perros podrán acompañar a sus dueños en el Metro de Madrid. Eso sí, tendrán que viajar en el último vagón del suburbano, llevando siempre correa y bozal. Si bien los perretes podrán viajar sin limitaciones horarias los fines de semana y festivos, su entrada no estará permitida en horas puntas en días laborables. Pese a las restricciones contempladas en el nuevo reglamento de viajeros, que los perros puedan usar el transporte público es sin duda un gran logro. En ciudades como Bruselas, Londres, París, Berlín, Lisboa, Ginebra, Amsterdam o Barcelona, viajar con perros en el metro es una realidad desde hace muchos años. Con esta medida, la Comunidad de Madrid espera fomentar la buena convivencia entre todos los vecinos independientemente de la especie.

Prohibida la exposición y venta de mascotas en la Comunidad de Madrid

venta de mascotas

Por fin una muy buena noticia: queda confirmada la prohibición tanto de la exposición como de la venta de perros y gatos en las tiendas de mascotas de la Comunidad de Madrid. El próximo jueves 14 de julio, en el Pleno de la Asamblea, se votará a favor de esta medida en la lucha contra el maltrato animal y el abandono de mascotas. El proyecto incluye la prohibición del tiro al pichón. Ambas medidas reciben el apoyo de todos los grupos parlamentarios excepto del Partido Popular, que, paradójicamente, defiende la puesta en marcha de la llamada ley de sacrificio cero, que prohíbe el sacrificio de los animales abandonados en la Comunidad de Madrid. El próximo paso será la prohibición del uso de animales salvajes en espectáculos circenses, propuesta que por desgracia aún no recibe el apoyo mayoritario de los grupos parlamentarios.